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¡Viva Tata Lampo!

Crónica sobre la entrada de flores del Chumís
en honor a San Caralampio Mártir, en Comitán

Por Pablo Andrés de la Fuente Castro


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[Segunda parte]

Me decidí a ver los carros alegóricos, y para ello tuve que apartarme un poco de la comparsa y de la música, caminando a lo largo de la carretera. Estos carros no son tan fastuosos como los de otros sitios u otras celebraciones y están enfocados más hacia la veneración de los santos, aunque también los hay para celebrar a la reina de la feria y a sus princesas. Del primer tipo sobresalía el que tenía una representación en vivo de la estampa de la Virgen de Lourdes, interpretada por varias niñas. De los demás, uno que representaba un cuadro veracruzano era el que más llamaba la atención, aunque no por el detalle en su decoración sino por una de sus participantes, una octogenenaria señora que perfectamente arreglada se dispuso para marchar hasta la iglesia de San Caralampio.

El sonido de la flauta de carrizo dando la orden de moverse a los tamboreros hizo que, sobresaltado, regresara hasta donde estaban los músicos. De nueva cuenta casi arrollo a un par de diablos, a una pirata —bastante atractiva por cierto y que casi hace que detuviera mi carrera— y a un hombre lobo de peluche. Esquivando carritos de raspados y de paletas, un par de caballos cuyas crines habían sido arregladas en trenzas y a un boxeador de ultratumba que insistía en no dejarme pasar, al fin llegué al frente de la comitiva donde los coheteros atizaban ya el trozo de leña que a lo largo de la procesión serviría para encender la mecha de sus explosivos instrumentos de comunicación con el cielo.

Es momento de hacer un paréntesis para aclarar un punto importante. La entrada de flores, técnicamente está dividida en dos contingentes. El primero, al frente, es lo que llaman “la parte seria” y está constituido generalmente por la gente que llega de las comunidades, que cargan estandartes y ofrendas en forma de velas y flores, que rezan y cantan alabanzas mientras avanzan hacia el templo y que van acompañados y encabezados a su vez por los músicos tradicionales. El segundo contingente, mucho más atrás, lo compone la comparsa, y la gente comúnmente le llama “lo alegre”. Es aquí donde vienen los disfrazados, los carros alegóricos, la música popular y demás. Originalmente, al frente de “la parte seria” iban los diablos y La Muerte bailando y haciendo sonar matracas, pero con la modificación de la costumbre en el disfraz fueron rezagándose hacia la parte de atrás. Hoy día sólo en las entradas de velas que se realizan durante el novenario de rezos los diablos retoman su lugar en la marcha, pero eso es cuestión aparte.

Antes de iniciar la procesión con rumbo a la iglesia de San Caralampio, los organizadores se encargan de poner a cada grupo de gente en su lugar. Así, mientras los representantes de cada comunidad toman en la Cruz del Milagro su bandera, los tamboreros se ubican al frente dejando al centro al maestro carricero, después a los tambores agudos y al final a los más graves. Detrás de ellos va un arreglo de velas decoradas soportadas dentro de un marco de madera cargado por dos hombres y que en cuya parte superior lleva una pequeña imagen del mártir. Atrás viene un grupo de mujeres rezando las diferentes oraciones que se le han dedicado al santo, y que llevan además ofrendas de flores —abundan las parasitarias llamadas en tojolabal palpalec, las bromelias, las rosas y el hinojo—; rodeando a este grupo avanzan los abanderados, cuyos pendones tienen grabadas, pintadas o bordadas, imágenes alusivas a los santos que se conmemoran y leyendas de agradecimiento y veneración; al frente de los abanderados un hombre mayor sostiene y lleva “la vara de San Pedro”.

Para dar comienzo al recorrido, todos se arrodillan mientras una mujer pronuncia una oración a San Caralampio. Acto seguido, todos los que tienen banderas “se saludan”, esto es, se dan la mano y luego hacen chocar sus estandartes un par de ocasiones para después tomar el pendón del contrario y besarlo en señal de respeto. Esto lo hacen con un movimiento sucesorio alrededor del arreglo de velas y de las mujeres con ofrendas, movimiento con el cual aprovechan también a tomar el lugar que les corresponderá durante el recorrido. En total hay más de 70 comunidades representadas por sus estandartes, algunas recién se unen a la celebración —más por el hecho de ser recientemente creadas que por una previa reticencia al culto— mientras que otras, como es el caso de Juznajab La Laguna, prácticamente lo han hecho desde siempre.

Una vez cumplido este pequeño ritual, deleite de todo aquel que lleve una cámara en mano, la marcha comienza a lo largo de la carretera. Los tambores marcan un ritmo fuerte que en algo recuerda a una melodía de rock por su tiempo y tono. Es bastante diferente a los alegres ritmos de la costa y la región central, es más solemne. Por cierto que a diferencia de otras celebraciones religiosas de esta índole, aquí prácticamente nadie ingiere alcohol. Los ladinos que vienen en la comparsa sí lo hacen de manera discreta; pero al frente, en “la parte seria” la devoción marca un nivel de formalidad que recuerda a quien esté presente que esto no es una fiesta sino una procesión religiosa.

El recorrido sólo hace breves pausas para cerrar los espacios que se abren entre contingentes durante el avance, pero no se detiene ni hace escala alguna hasta llegar a su meta. Abarca varios de los barrios tradicionales de la ciudad de Comitán como son El Cedro, Las Siete Esquinas —llamado así porque en un punto se concentran cinco calles diferentes y la intersección antiguamente producía siete esquinas, aunque ahora de hecho son prácticamente nueve— y La Pilita Seca; además pasa por el parque central, frente a la iglesia de Santo Domingo, para terminar definitivamente en el barrio de La Pila, donde se encuentra la iglesia de San Caralampio.

[Continuará...]

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