¡Hasta luego, don Enoch!
Por Pablo Andrés de la Fuente Castro
Si tengo que morir
que sea por marzo.
Y de noche, y de pronto,
y sin un llanto.
Si tengo que morir (fragmento),
Enoch Cancino Casahonda.
Hablar de Enoch Cancino Casahonda no es sólo hablar del Canto a Chiapas. “El poema más conocido y querido del estado” desluce su brillo cuando el interminable anecdotario —fruto de más de 80 años de vida— que el poeta guarda en su memoria, hace acto de aparición con igual sencillez en el sitio más solemne o la reunión más informal.
Don Enoch —no le digo Noquis por respeto— se planta en cualquier tribuna a contar la vida y obra de sus amigos, sus conocidos, sus no tan amigos, sus francos y resueltos adversarios. Habla bien de quien quiere y de quien no quiere no dice nada. Dicen los que le conocen que con algunas copas —con muchas, cabe aclarar— la lengua sutil y puntiaguda cual estilete del poeta, es capaz de crear los más ingeniosos chascarrillos o de sacar las tripas al primer incauto que caiga en su borde afilado.
Medallas y reconocimientos le encorvarían fácilmente la espalda y de seguro lo jorobarían de una manera más que metafórica. Sabe perfectamente que en la labor de poeta no es lo mismo los tres mosqueteros que veinte años después y tras haber caminado a lado de los grandes más grandes de la literatura chiapaneca, poco tiene que decir que no haya dicho alguien más de lo que en materia de letras se hace y describe ahora. Eso sí, cuando sus palabras suenan, es prudente atenderlas.
Más allá de la labor lírica y de las posturas políticas sigue siendo un hombre de provincia, de la ciudad vieja que respira aún marimbas y ceibas, del ranchito y la Carta Blanca. Jovial con sus allegados y uno que otro improvisado que se avienta al ruedo de su conversación, sádico detractor del aburrimiento y asiduo de la fiesta lo mismo que de la reflexión.
De biografía más bien desconocida y fechas más bien intrascendentes, con un calendario lunar que se basa en convivencias que alejan los males del cuerpo o que los atraen de maneras tan seductoras que pasan desapercibidos en las madrugadas, entre cabeceos y modorra y risas y malas palabras que no parecen, igualmente, tan malas.
Costumbrista y hombre de hábitos circunspectos. Conocedor de la vida galante como del ceremonioso protocolo. Insufrible de los actos públicos. Visual. Gesticulador. Artista de la vida más allá de las palabras. Enoch Cancino sabe vivir su vida y lo hace mejor que nadie.
¡Ah, qué señor este! Tan sencillamente indescriptible, tan poco práctico e inubicable. Alguien tendría que decirle que se quedara quieto un rato, en el medio de un teatro o bajo una piedra para poder hacerle un retrato, una estatua, una esquela. Quizá cuando aprenda a dormir cobijado en la paz serena del tiempo alguien llegue a decirle que estar muerto no es tan malo...
[Ir a El adiós a un gran poeta.]